el mejor regalo que me dieron mis padres maría zambrano

«Para escapar del laberinto de la perplejidad y de la sorpresa, para hacerme aparente e inclusive identificable, permítanme que, de nuevo, asista a la palabra radiante de la ofrenda: Gracias». De esta manera empezaba el alegato que María Zambrano escribió agradeciendo la concesión del premio Cervantes. A sus 85 años recién cumplidos se transformó en la primera mujer en recibirle, pero los atribuyas de la edad y su frágil salud le impidieron recogerlo. No obstante, sus expresiones retumbaron en el paraninfo de la Facultad de Alcalá de Henares merced a la voz de la actriz Berta Riaza, a la que fueron confiadas las hermosas páginas de su alegato.

Zambrano ahora acumulaba, desde 1981, el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades: asimismo había sido la primera mujer en conseguirlo. En ese instante se encontraba en el exilio, pero en este momento recibía un nuevo reconocimiento estando en su país natal, exactamente el mismo que, de alguna manera, jamás abandonó. Había nativo de Vélez-Málaga en 1904 y siendo pequeña se trasladó a La capital de españa, donde su madre, Araceli Alarcón, había conseguido un puesto de profesora socorrer en una escuela de pequeñas. María recordará ciertas imágenes y experiencias de su localidad de nacimiento, como el limonero del huerto o los brazos de su padre, Blas Zambrano. Este va a ser nombrado directivo del Instituto de San Esteban de Segovia pocos años tras la llegada a la ciudad más importante. La familia se trasladará a este nuevo destino donde María desarrollará el interés por el entender al calor de los valores liberales de su padre. «Él me enseñó a ver», afirmaría después.

De allí hacia aquí

En 1910, con seis años, María y su familia se trasladaron a Segovia. Allí cursó bachillerato, como escasas pequeñas de su temporada, y allí conoció a León Felipe, García Lorca y un óptimo amigo de su padre: Antonio Machado.

En el momento en que en 1926 los Zambrano-Alarcón se instalaron en La capital de españa, María fue acólita de Ortega y Gasset, Besteiro, Zubiri. Ahora se había transformado en una intelectual y participaba con ahínco del activismo académico. Publicaba en la Gaceta de Occidente, en El Liberal de La capital española, en Manantial de Segovia… El entusiasmo de estos años se sintetiza en su declaración de principios: «Vamos a ser serios de la manera mucho más alegre».

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