el periodico regaló libro de bolsillo de el hombre bicentenario

Tomamos la situacion de la gimnasta estadounidense Simone Biles, que padeció una crisis de ansiedad en los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020 y no ha podido seguir uno de sus ejercicios. Tras unos días se encontraba mejor y prosiguió participando. Biles afirmaba en una entrevista que verdaderamente lo que la descompensaba era la presión a la que se veía doblegada al finalizar sus ejercicios. Esta antes era ejercida por los jueces y los críticos de deportes y su entrenador, pero en este momento –afirmaba– en el momento en que acababa el ejercicio y encendía el móvil inteligente había una cantidad enorme de comentarios en las comunidades, no referidos solo a su ejercicio sino más bien a su apariencia fisco, en el vestido que llevaba, sobre el peinado, el tono de las uñas… Esta era la presión que no podía aguantar, y la que le llevó a enseñar trastornos de ansiedad e inclusive una crisis de pavor que la logró retirarse de una competición para la que llevaba un buen tiempo preparándose. Al leer esta entrevista pensé: «Si alguien que está entrenada en la especialidad, el ahínco y la exigencia, alguien que ha debido abandonar varias cosas por ser deportista de élite y que probablemente ha contado con el apoyo de expertos, no solo entrenadores, sino más bien asimismo de psicólogos de deportes, no es con la capacidad de aguantar la presión a la que en ocasiones nos someten las comunidades, imagínense los jovenes que todavía no tienen bien configurada su identidad, su personalidad, siendo considerablemente más atacables».

«La salud no es dependiente únicamente del azar, sino más bien de las resoluciones que tomemos en todo instante». Es una oración del papa san Juan Pablo II, que pone énfasis en que nuestro modo de vida repercute en la forma de enfermar y las patologías afectan al avance de la persona y de su personalidad. O sea, las resoluciones que tomamos durante nuestra vida tienen la posibilidad de tener repercusión en nuestra salud.

En el capítulo que ahora reproducimos vamos a conocer las distintas formas, tamaños y puntos de distintas aguantes de lectura en distintos instantes y sitios de todo el mundo: desde las primitivas tabletas de arcilla mesopotámica hasta los libros de papel como los conocemos hoy en dia, pasando por el código legal asirio, anotado en un monolito de 6,20 m2, los rollos de pergamino (hechos con piel de animal) o papiro (hecho de tallos secados y cortados de una planta afín al junco ), y los códices asimismo de pergamino, vitela o papiro.

Las formas del libro Mis manos, al seleccionar un libro para llevar a la cama o al escritorio, para el tren o para un obsequio, prestan tanta atención a la manera como al contenido. Según la ocasión, según el lugar que he escogido para leer, quiero en ocasiones algo pequeño y cómodo o voluminoso y también esencial. Los libros se dan a entender a través de sus títulos, sus autores, su lugar en un catálogo o una estantería, las ilustraciones de la sobrecubierta; pero asimismo por medio de su tamaño. En diferentes instantes y en diferentes sitios he soñado que algunos libros tendrían preciso aspecto pues, como con todas y cada una de las tendencias, estos aspectos variables suman un factor exacto a la definición de un libro. Juzgo los libros por su cubierta; juzgo los libros por su forma.

Desde el comienzo mismo, los que leen demandaban libros con formatos que se adaptaran al empleo que se les daría. Las primitivas tablillas mesopotámicas eran, por norma general, trozos de arcilla cuadrados, si bien en ocasiones rectangulares, de poco mucho más de siete centímetros de ancho y podían llevarse con comodidad en la mano. Un libro constaba de múltiples de estas tabletas, quizás guardadas en una bolsa de cuero o en una caja, tal es así que el lector pudiese investigar una tablet tras otra en un orden preestablecido. Posiblemente en Mesopotamia asimismo existiesen libros encuadernados de una manera muy similar a nuestros volúmenes; en los monumentos funerarios neohititas se ven ciertos elementos similares a códices –quizás una sucesión de tabletas encuadernadas en una cubierta–, si bien ninguno de estos libros llegó hasta nosotros.

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